No somos
princesas. La anorexia y la bulimia son enfermedades muy graves que son
inducidas en gran medida a través de modelos sociales de belleza alejados de parámetros saludables. Si a esta circunstancia
se suman otros factores de riesgo, tales como la baja autoestima, conflictos
afectivos, influencias externas del propio medio o de otros como la moda, las
tendencias, el grupo social etc., nos encontramos ante un peligro de consecuencias
nefastas para la salud, tanto física, como psicológica.
Rechazo al
propio cuerpo, distorsión de la realidad y una obsesión que puede conducir,
incluso a la muerte.
En una
sociedad en la que predominan unos anti-valores puestos en el escaparate de la
moda, la publicidad y las tendencias, que propician un cuerpo femenino cuasi
andrógino, esculpido en la frontera de la inanición, en la mesa de un
quirófano, en el extremo de los límites naturales y rematado con los efectos
del milagroso Photoshop, es más que fácil, ser devorada por las fauces del
monstruo de la bulimia y de la anorexia.
Lo peor es
que la sociedad sigue puesta de perfil ante este grave problema. Se fomenta esa
imagen casi anti femenina de mujeres irreales fruto de los grandes negocios y de
las mentes de diseñadores que no aman el cuerpo de las mujeres de verdad. La
publicidad sigue esa misma senda en
muchos casos y los intereses comerciales de algunas empresas también. De ahí la
guerra de las tallas y las sorpresas de no “caber” en la misma de un año a otro
pesando y midiendo exactamente lo mismo.
A veces se
reabre el debate y todos, políticos, empresarios, referentes sociales tales
como actores, cantantes, alguna modelo de pasarela etc. enarbolamos la bandera
contra esta enfermedad, pero lo cierto es que a pesar de algunos esfuerzos
llevados a cabo desde distintos sectores, impulsados por la acción del gobierno
de turno, todo sigue igual, o casi igual.
Quiero decir
con ello, que estamos ante un problema sobre el que queda mucho por hacer y
mucho por trabajar.
Y toca hacer
frente a esas páginas de Internet que fomentan la extrema delgadez como única
manera de triunfar. Triunfar en el amor, en el trabajo, en el éxito social.
Esas páginas que dicen cosas tales como: “Una princesa perfecta es aquella que
lucha día a día sin rendirse para hacer
que todos tus sueños sean una realidad”. Unas páginas que recomiendan dietas
tales como la del “Agua” para perder de 5 a 7 kilos por semana, o la del “Arco
Iris”, que promete adelgazar 10 kilos en 10 días. Algo tan tremendo, como repugnante. Un canto
a la enfermedad en aras a un prototipo de belleza mortal.
¿Es eso ser
una princesa? ¿Tener un índice de masa corporal ínfimo?, ¿caminar sobre un
cuerpo esquelético?, ¿lucir ojeras?, ¿vestir una talla de una niña de 10 años?,
¿eliminar cualquier rastro de aspecto natural, saludable?, y como colofón, tal
vez, ¿renunciar a la propia vida?
No. Eso no
es ser una princesa. Las mujeres no somos princesas. Somos mujeres, con nuestra
fisiología sana y preparada para los retos de nuestra propia condición, para
los retos de nuestra propia intelectualidad, para los retos que nosotras mismas
queramos ponernos, y capaces de alcanzar nuestros sueños y nuestras
expectativas de la única manera que cualquier ser humano puede lograr. Con el
esfuerzo y con el trabajo. No existen paraísos. No existen las princesas que
consiguen los sueños gracias a la delgadez extrema.
Somos todos responsables de esta lacra que afecta a
muchas más personas de lo que podamos imaginar. Somos todos capaces de hacer
algo para evitarlo. ¿Lo somos? El cierre de ese tipo de páginas tiene que
convertirse en un clamor
